EDUCACIÓN Y SENSATEZ

La educación, al menos desde que el gran pedagogo Sócrates intentara alcanzar la sabiduría provocando partos entre sus discípulos y detractores, siempre se ha producido por la interacción entre los seres humanos, por el encuentro del sabio con el ignorante, del instruido con el inculto, del versado con el iletrado, o, en resumen, del maestro con el alumno.

martes, 9 de mayo de 2017

¿Usar cuanto antes los dispositivos?




Hace un tiempo, encontré este comentario de un maestro en una red social: “Los dispositivos son una parte importante del entorno actual. Cuanto antes aprendan tus hijos a utilizarlos bien y con responsabilidad, a saber solucionar problemas con ellos o en ellos, y a entender cómo y por qué funcionan y qué usos les pueden dar, mejor preparados estarán. Serán menos ignorantes”.
Aunque comparto el fondo del mensaje, creo que hay dos cuestiones importantes que requieren matices. Porque el lenguaje y la asociación de palabras llevan a aceptar afirmaciones que, aunque estén escritas con buenas intenciones, son falaces. Pues el lenguaje nos puede traicionar.
En primer lugar: la afirmación “cuanto antes aprendan…” está rodeada de una evidencia (“son una parte importante del entorno actual”) y de dos palabras positivas (“bien” y “responsabilidad”). Y nos pasa desapercibida. Así que nuestra tendencia es aceptar acríticamente que lo mejor es que los niños usen cuanto antes dispositivos electrónicos. Sin embargo, no hay relación lógica entre esas palabras. Pongamos un ejemplo: también los vehículos con motor son una parte importante de nuestro entorno urbano actual. Sin duda, todos deseamos que nuestros hijos aprendan a usarlos bien y con responsabilidad. Pero hasta los 18 años no parece conveniente sacar el carnet de conducir y circular solo en coche: es un tema de madurez y responsabilidad personal en el uso del cacharro. Aunque podamos discutir si es conveniente permitir que conduzcan a los 16, creo que a los 10 o 12 años, ningún padre con dos dedos de frente consideraría que su hijo tiene la suficiente madurez como para circular en coche por la calle. Si lo cree conveniente, puede sentarse con él para hacer “prácticas” de conducir a la edad que quiera, lejos de la vía pública, para enseñarle a usarlo o a hacer “un buen uso” del coche. En cambio, creo que es diferente enseñar a los niños a circular. O enseñarles “cómo y por qué funcionan” los coches, algo que se puede lograr sin ponerlos al volante. Por ejemplo, charlando mientras se pasea, montando un motor, o circulando con un vehículo adecuado a su madurez: primero un triciclo, luego una bicicleta, más adelante una 49,... Y así hasta llegar al coche cuando tenga esa madurez. Que algo sea “parte importante del entorno actual”, no significa que necesariamente sea mejor que los niños lo usen “cuanto antes”. Me pueden decir que los coches con motor no son lo mismo que los dispositivos. Es cierto: sólo he intentado mostrar que el argumento del “cuanto antes” a causa de la importancia del “entorno actual” es falaz. Cuestión de lenguaje.
En segundo lugar, la ignorancia se define como “falta de conocimiento”.  Por tanto, teniendo en cuenta que la ignorancia se refiere al conocimiento de las cosas y no al uso de las mismas, dudo mucho que utilizar dispositivos electrónicos cuanto antes convierta a los niños en más o menos ignorantes. Conocer el uso de algo, no equivale a usarlo. Ni siquiera a usarlo correctamente. O afirmar que los niños estarán mejor preparados por el simple hecho de usarlos cuanto antes, nunca me ha parecido un gran argumento. Resulta relativamente sencillo usar un móvil, un ipad o un ordenador: lo difícil es dominar la electrónica o programar. A lo largo del capítulo 8 del libro Educar en la realidad, Catherine L’Ecuyer trata a fondo este aspecto, y concluye:
¿Van nuestros hijos a perder el tren tecnológico si no dedican años de su infancia y escolarización a usar las NT [Nuevas tecnologías]? Al ritmo actual de la obsolescencia tecnológica, lo más probable es que suceda más bien lo contrario. Habrán desperdiciado años clave e irrepetibles de su educación en aprender a usar unas tecnologías que, seguramente, serán obsoletas en el momento de introducirse al mundo laboral”.
De todos modos, puesto que la educación es un papel que les corresponde a los padres en primerísimo lugar, que los padres decidan con cada uno de sus hijos al respecto. Pero antes de tomar una decisión como, por ejemplo, comprar un móvil, quizá sea importante formarse e informarse bien para adquirir criterio. Por eso defiendo que, lo primero que debería preocupar a cualquier colegio, es ayudar a los padres en su formación, y procurar facilitarles información relevante (y no sesgada o interesada) sobre estos temas, para que los padres tomen las decisiones que crean convenientes. Porque no creo que educar en el uso responsable de las nuevas tecnologías sea competencia de ningún colegio. Además, lo que hoy en día se denomina “competencia digital” sigue sin ser una necesidad antropológica. Por mucho que las nuevas tecnologías formen parte de “nuestro entorno actual”, no hay evidencias de que se haya producido ninguna evolución del homo sapiens a i-persons, como se ha atrevido a afirmar más de un “experto” educativo.
Considero que los colegios deberían quedarse al margen en este asunto y ocuparse de enseñar aquello que es valioso, sin la necesidad de imponer el uso obligatorio de ningún dispositivo a padres, niños..., o profesores. Y todo ello teniendo en cuenta que la tecnología puede resultar muy útil para ilustrar conocimientos, o que no es malo usarla con criterio para la enseñanza.

martes, 25 de abril de 2017

Educación emocional (Parte IV): la empatía




La empatía se define como la “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. En otras palabras, la empatía es la capacidad de ponerse en la piel del otro. Es necesario aclarar que la empatía no es un conjunto de técnicas para “comprender a los demás”: porque lo que suelen vendernos es que la empatía es algo así como un “método” para tratar con los demás y se puede aprender en cursos... No, la empatía requiere, ante todo, una disposición interior. De eso vamos a hablar.

En lo que se refiere a la educación, se suele confundir la empatía con la “simpatía”. Sonreír a alguien que lo pasa mal, sin más, o poner “cara de pena”, es simpatía o condescendencia, pero no empatía. Las palabras positivas o los gestos positivos que utilizamos pueden ayudar más o menos a una persona. Pero si detrás de la palabra o del gesto no hay una actitud o una disposición, tampoco hay empatía, sólo simpatía. Quien se limita a utilizar las técnicas de empatía que ha aprendido en un curso, no es una persona empática. Más bien es un manipulador. Porque quienes se limitan poner en práctica las técnicas para empatizar, aunque realmente busquen el bien del “otro”, lo hacen desde su juicio particular o desde su propia visión del mundo, sin ponerse realmente en la piel del otro. Cuando una persona sufre y tiene necesidad de ser escuchada, distingue entre si es tratada con empatía o sencillamente con simpatía. En este último caso, la simpatía se percibe como indiferencia. Y todas las buenas intenciones de quien pretendía ayudar con su mera simpatía se diluyen, haciendo más daño a ese que sufre.

También confundimos la empatía con la emotividad. Se nos olvida que hay personas más emotivas y personas menos emotivas. Depende del temperamento de cada uno, así como del carácter o de las experiencias que ha vivido cada persona. Por otro lado, ser más o menos emotivo no tiene nada que ver con la bondad o la maldad de una persona, ni tampoco con su capacidad de amar más o menos a los demás. A ciertas personas se les quedan las cosas grabadas con tanta fuerza, que difícilmente logran salir de sus cárceles afectivas. A otras, esa misma impresión, aunque les afecta personalmente, no les impide seguir con su vida. Porque el afecto no depende sólo del estímulo que lo provoca, también depende de la persona que lo percibe. Por eso no se puede generalizar y la afectividad es tan subjetiva. 

Así que, nos guste o no nos guste, por más simpatía que muestre un docente o por más emotividad que ponga en lo que hace, no tendrá más empatía. Un profesor simpático no es una persona empática: tan sólo es un tipo que cae bien. Un profesor que se deshace en elogios y sentimientos positivos hacia sus alumnos, es tan sólo una persona positiva, nada más. Y un profesor que llora abrazando a sus alumnos, me da más miedo que confianza: quizá padezca un desequilibrio afectivo. En pocas palabras: que hacer un saludo personalizado “chachi guay” antes de empezar la clase, por ejemplo, o decirle a cada niño que es el ser más maravilloso que hay sobre la faz de la tierra, no equivale a empatizar con los alumnos.

Estudiar mucha “inteligencia emocional” o conocer técnicas para empatizar, no nos hace más empáticos. Porque la actitud y la disposición de una persona empática nace del interior de sí mismo. Por ejemplo, una persona que ha sufrido mucho y ha logrado superar o sobreponerse a sus traumas, posiblemente sea una persona muy empática. Al igual que una persona que tiene claros sus objetivos y ha luchado por lograrlos. Porque es difícil ponerse en lugar del otro si uno no ha vivido antes una situación similar. Como he comentado más de una vez: si una persona no se esfuerza por crecer como persona, nunca adquirirá las cualidades deseables de un ser humano. Y eso no se aprende en un curso de formación para docentes.

¿Es necesario ser una persona empática para dedicarse a la enseñanza? Un profesor trabaja con personas. Sin duda, es deseable que cualquiera que trabaje con personas sea capaz de comprender los problemas de los demás, que sea una persona cercana, que caiga bien, que contagie entusiasmo, que se preocupe por lo que le preocupa a cada uno,… También es deseable que cualquier jefe, por ejemplo, sea de ese modo. Y la verdad es que ese tipo de jefes no abundan… La verdadera empatía no es una técnica, sino que más bien se trata de una disposición que requiere una cierta “excelencia personal”. Y me parece un poco utópico exigir esa excelencia personal a todos los profesores, y más en una sociedad en la que resulta difícil encontrar personas verdaderamente empáticas. Además, esas cualidades sólo se aprenden con el tiempo y con el trato, no con cursos o técnicas. Me encantaría que todas las personas que trabajan con personas o de cara al público fuesen verdaderamente empáticas: los médicos, los policías, los jueces y abogados, los funcionarios, los psicólogos, o los camareros... ¡Hasta el butanero!, de ese modo nos echaríamos unas risas cada vez que trajera una bombona, o sencillamente compartiríamos nuestras aflicciones... Sería fantástico que en el McDonalds, aparte de servirme una hamburguesa, la preparasen y la sirvieran con amor, que me comprendieran mientras hago el pedido, que me abrazaran si estoy afligido, o que me regalaran la bebida si expreso mis traumas… Por favor: dejemos de proyectar la perfección en la figura del profesor, y descubriremos que existen muchísimos buenos profesores más allá de sus cualidades particulares para el trato personal. Porque la respuesta a la pregunta planteada en este párrafo es NO. Ni empático, ni simpático, ni emotivo, ni “enrrollado”,… No hace falta. De verdad. Básicamente porque no es esa la principal tarea del profesor.

Creo que es necesario añadir una consideración: esforzarse por ser una persona demasiado empática o pasarse el día preocupándose por los problemas de los demás, conlleva algunos peligros de los que nadie habla. Y un profesor trabaja con personas, por lo que está expuesto a esos peligros si se centra tan sólo en empatizar con sus alumnos. Por ejemplo: el profesor puede acabar convirtiendo los problemas de sus alumnos en sus propios problemas. Si un profesor trata con unos 30 alumnos por clase, y entra en varias clases diferentes, ¿tiene que hacer suyo cada problema de cada niño? Sería para volverse loco… Sólo conocer y tener presentes esos problemas ya es una labor titánica. Si muchos padres ni siquiera lo logran con dos o tres hijos, ¿por qué se lo exigimos a un profesor que tiene treinta alumnos… por aula? Otro ejemplo: involucrarse demasiado en los asuntos de una persona con necesidades afectivas, puede provocar que la persona necesitada dependa afectivamente de quien se pone en su piel, creando un vínculo de dependencia. Y eso puede ser nefasto para el niño, pues el profesor no es su principal educador. Lo siento, sé que queda muy mal decirlo, pero es verdad: los alumnos no son hijos del profesor, ni siquiera parientes. Son, sencillamente, sus alumnos. O, por ejemplo, un profesor que se centra en los problemas personales de cada uno de sus alumnos en vez de centrarse en enseñar, puede olvidar que su principal labor consiste en enseñar. Y es probable que acabe convertido en psicólogo de sus alumnos. Creo que algo así no sólo desvirtúa la actividad docente, sino que puede confundir a esos alumnos. Si el niño no recibe atención o cariño en casa, creo que lo más inteligente es poner el esfuerzo en que los padres del niño sean conscientes del problema y ayudarles a que se pongan manos a la obra, no exigirle al profesor que haga el papel de padre.

Porque lo que se denomina inteligencia emocional no es una inteligencia, sino la capacidad de gestionar la propia afectividad y nuestra relación con los demás. Va bien conocer la teoría, pero no es determinante. Porque la denominada “inteligencia emocional”, a diferencia del conocimiento teórico, es una capacidad que se aprende viviendo. Y todos sabemos que la vida no es siempre un jardín de rosas ni un mundo feliz, como pretende hacerles creer a niños y padres la pedagogía moderna. Y, si un niño no aprende a enfrentarse a la realidad, sino que se sumerge en una burbuja en la que todos le comprenden, difícilmente aprenderá a gestionar su  afectividad. Creo que los niños tienen que aprenderlo. Y no se trata de hacerles sufrir, ni tampoco de ensañarse con ellos, ni de gritar o no sonreír nunca…, los típicos tópicos sobre la demonizada y mal denominada “educación tradicional”. Se trata más bien de ayudarles a madurar. En vez de allanar el camino del niño, preparémosle para el camino, como dice el refrán. El bueno de Rocky nos lo recuerda en este video: https://www.youtube.com/watch?v=uNSFgW7i5EU


lunes, 17 de abril de 2017

Educación emocional (Parte III): la autoestima




La autoestima se define como la “valoración que uno tiene de sí mismo”. Es la forma en que cada uno se considera frente a los demás, por sus cualidades o sus rasgos personales. La autoestima puede ser positiva o negativa, dependiendo de la valoración que cada uno haga de sí mismo. 

La autoestima influye mucho en nuestro modo de actuar y en nuestras motivaciones. Y la baja autoestima es causa de muchos problemas: puede coartar de tal modo a una persona que viva desconfiando de los demás, que tenga miedo a actuar, o que se considere incapaz de alcanzar cualquier meta. La pregunta viene a ser: ¿Cómo podemos ayudar a un alumno con la autoestima baja?

Lo más importante para crear la valoración que un niño tiene de sí mismo es el trato con sus progenitores. Es importante, pero no es determinante, pues somos libres y también cuentan otros aspectos. Pero es necesario señalar que la autoestima depende esencialmente de la familia, no del colegio. En su libro Educar en el asombro, Catherine L’Ecuyer habla de la importancia del apego en los primeros años, de respetar el asombro de los niños, o de conceder esa libertad en ámbitos como el juego, marcando límites en otros aspectos. Porque un límite es un criterio claro que también da seguridad al niño. De ese modo, en el momento en que el niño adquiere el uso de razón, es probable que la valoración que tenga de sí mismo sea positiva.

Si desde pequeños enchufamos continuamente al niño en la tele o en el ipad para estar más tranquilos, o si no prestamos atención a las cosas que le llaman la atención, el niño crece con la sensación de que sus padres no le hacen caso ni le valoran. Si queremos controlar hasta el más mínimo detalle de su vida o si lo sobre estimulamos para que sea un nuevo Einstein, no le concedemos al niño margen de maniobra, y es probable que crezca pensando que depende de estímulos externos. Si concedemos al niño todo lo que desea, le reímos todas las gracias, o le recordamos constantemente lo maravilloso que es, vivirá frustrado cada vez que algo le cueste esfuerzo. Estos son ejemplos de cómo dañar la autoestima de los niños.

¿El colegio tiene incidencia en la autoestima del niño? También influye. Pero, aunque tenga importancia, siempre será menor de la que tiene la familia. Por ejemplo, si los padres sobre estimulan al niño y siempre lo tienen ocupado con tareas “útiles para su futuro”, y además en el colegio se siguen las pautas de la estimulación precoz y del conductismo, se deja muy poco margen para el crecimiento personal del niño. No nos damos cuenta hasta que, cuando alcanza la adolescencia, el niño se siente vacío y explota, pues tiene la desagradable sensación de que la vida que vive no es suya. Es cuando las notas se resienten y la persona se vuelve apática. O, por ejemplo, si en casa enchufamos continuamente al niño a los aparatos electrónicos para que no moleste, le compramos un móvil a los diez años, y en el colegio a esa misma edad empieza a usar un ipad para casi todas las tareas, lo lógico es que el niño acabe dependiendo de los aparatos, por no decir que es más que probable que se cree una adicción. Y esas cosas no son culpa de los profesores que tiene en la ESO, que harán lo que puedan ante el caos vital de ese tipo de adolescentes. Aunque lo más fácil es señalarles a ellos.

El niño es el protagonista de su educación, estoy de acuerdo. Pero la película que protagoniza el niño difícilmente valdrá la pena si no hay un buen guionista, un buen director, si el vestuario no es el adecuado, o si toda la película se basa en los efectos especiales. Y es bueno recordar que quienes llevan la batuta de la sinfonía son los padres, no el colegio. Es cierto que un mal profesor o un profesor demasiado autoritario pueden mellar la autoestima de un niño. Pero lo que será realmente importante para que el niño salga airoso, será la actitud de los padres ante esa situación, no la poca profesionalidad o la poca empatía de uno o varios profesores. Un profesor puede influir negativamente. Pero ese influjo será mayor o menor en la medida que los padres se impliquen en la educación de sus hijos. 

Ante la evidente falta de autoestima de muchos niños, se nos venden los métodos educativos basados en que el niño “construya su propio conocimiento”. Porque algunos siguen pensando que, quienes dañan la autoestima de los niños, son los colegios que usan los mal denominados “métodos tradicionales”... Esta es la cantinela de moda: “Si utilizas tal método, los niños serán los verdaderos protagonistas, su aprendizaje será activo, y se sentirán mejor consigo mismos”. Pero los métodos sólo son estímulos externos. Por sí mismos, tienen escaso valor. En el colegio, creo que lo que incide en la autoestima del niño, para bien o para mal, es la actitud del profesor, no el método que utilice. Que el aprendizaje del alumno sea activo y que el niño esté a gusto en una clase, no depende de los métodos ni de las competencias que podamos enseñarle. Creo que más bien depende del marco antropológico del profesor. Depende de si el profesor es capaz de relacionar el aprendizaje con el conocimiento previo del alumno. Depende de si el profesor ve al alumno como persona capaz de entender activamente los conceptos, de pensar, de asimilar, de aprender, o de poseer palancas de motivación internas y no sólo externas. Porque lo que percibe el alumno es la actitud y disposición del profesor. La educación no es una cuestión de métodos o teorías. La educación es una cuestión de personas.
También se nos repiten constantemente los dogmas del “positivismo emocional” para aumentar la autoestima de los niños. Parece ser que los profesores siempre tenemos que decir a los niños cosas positivas, recordarles lo importantes que son, adecuarnos a todas sus necesidades, hacer “cariñogramas”… Se han puesto de moda en las redes sociales los vídeos de profesores recibiendo a sus alumnos con saludos personalizados o de profesores diciendo a sus alumnos, uno a uno, cuánto les quieren y lo importantes que son para el mundo. Pero eso es trasladar la “hiperpaternidad” a la escuela. Todo ese positivismo no es más que un cúmulo de estímulos externos, sentimentalismo efímero, que no tiene ningún valor por sí mismo si no va acompañado de una actitud o disposición interior del profesor. Además, ese “positivismo emocional” no se corresponde con la realidad, pues para que la autoestima sea fuerte, también es necesario conocer las propias limitaciones, las propias carencias, exigirse y ser exigido. 

Un adolescente puede sentirse apreciado con una mirada. Cuando el profesor le trata de tú a tú, el alumno entiende que confía en él: muchos adolescentes agradecen que les traten como adultos. Cuando un profesor se fía de la palabra del alumno, cuando el profesor arenga al chaval para que recapacite o se esfuerce más, cuando señala el error sin ofender, cuando el profesor define claramente los límites, cuando el profesor es consecuente y coherente, transmite a sus alumnos que les importa. Es decir, no es necesario que les diga “te quiero” para que aumente su autoestima. Cuando al profesor le importan sus alumnos, lo demuestra con su actitud, con su disposición, y con su profesionalidad, que es una forma de respetar al alumno, no con los métodos o con la mera empatía, que es la palabra que toca analizar en la siguiente entrada.

martes, 4 de abril de 2017

Educación emocional (Parte II): la frustración



Cuando un adolescente imberbe de quince años insulta en clase a un profesor, siempre existen múltiples explicaciones. Según el actual discurso educativo, si eso ocurre en un aula es porque el profesor es mal profesor y punto. Él tiene la culpa porque no comprende al alumno. Se le dirá al profesor: “El niño tiene que estar motivado, feliz y contento en el colegio, y tú no lo has logrado. Eso no debería ocurrir”. Aunque podamos considerar que un profesor con “poca empatía” podría ser un atenuante del insulto, esa no será la causa del insulto. Además, creo que tener poca empatía no es ningún delito. Casi nadie reparará en el único hecho objetivo: quien ha faltado al respeto o a la integridad del “otro” ha sido el alumno, no el profesor. Es cierto, el alumno es menor y el profesor tiene que estar por encima de un insulto. Pero lo preocupante es que parece ser que en nuestra sociedad cualquier menor de edad está eximido de toda responsabilidad. 

Cosas como esas ocurren, queramos o no, porque las relaciones humanas no son tarea fácil, y menos en el trato con adolescentes. Es simple: si un profesor quiere enseñar y un alumno no quiere aprender, la relación profesor-alumno siempre será compleja. Es algo que no tiene nada que ver con el método que se utiliza para enseñar ni con la empatía del adulto. El buen profesor hará lo que esté en su mano para que el alumno desee aprender. Pero si el alumno tiene problemas en casa, problemas o carencias de aprendizaje, problemas en el trato con los demás, problemas con las drogas (reales o virtuales), o sencillamente no encuentra ningún sentido en el horizonte de su vida, el buen profesor hará lo que pueda por ayudarle, ni más ni menos. Pero sin descuidar que los otros treinta alumnos tienen problemas similares a aquel que ha insultado al profesor. La diferencia es que esos otros treinta alumnos no le han insultado. 

Un alumno que insulta al profesor, tan sólo muestra una carencia. El problema no es el insulto o el enfrentamiento. El problema es lo que hay detrás de ese insulto. Y el insulto puede tener muchas razones. Generalmente, un buen profesor aprende con el tiempo a discernir lo que le pasa al alumno. Y muchos profesores se ponen a disposición, escuchan y ayudan en lo que pueden. Sólo hay una excepción: cuando el profesor descubre que detrás del insulto está el capricho de un niño consentido. Pero el alumno no siempre responderá positivamente a la ayuda. Porque aceptar las limitaciones y superar las frustraciones es otro de los grandes problemas de nuestros alumnos: muchos esperan que un simple “click” lo solucione todo.

Con el actual panorama educativo, por desgracia, ya no me impresiona que un alumno insulte a un profesor. ¿Deberíamos castigar al alumno? Nunca he sido muy amigo de los castigos, pero hay que reconocer que son útiles si están bien planteados. En todo caso, no creo que sea bueno para el alumno ni para la comunidad educativa dejar pasar siempre las faltas de respeto de un adolescente. Sin embargo, un castigo sólo muestra al adolescente que el insulto no es el medio para expresar los problemas en una sociedad civilizada. Es decir, un castigo o una sanción no solucionan la frustración o la inseguridad que el adolescente demuestra con el insulto. 

¿Cómo podemos ayudar al alumno a “gestionar sus emociones”? Los “talleres de emociones” o las “técnicas de educación emocional” pueden ser más o menos útiles. Pero no creo que ayuden a resolver el problema. Los talleres de emociones son como el castigo: no van al fondo de la cuestión. Pues, por más que el alumno alcance a identificar todas sus emociones, lo importante no es la emoción en sí, sino la causa de esa emoción. La emoción sólo es una respuesta a un estímulo. En otras palabras: si el insulto se debe a una frustración, el problema no es el insulto, es la frustración. El insulto sólo es la expresión de esa frustración en forma de emoción: la ira. Pero le damos demasiada importancia a las emociones, y nos quedamos con frecuencia en la superficie. Si educamos las personas, creo que lo más eficaz para enseñar a “gestionar las emociones” es ofrecer al alumno un modelo de conducta. Pero eso no es algo teórico ni se enseña con talleres. La actitud del adulto equilibrado ante el insulto, ante la reacción del alumno, es lo que educa. Ser capaz de no ofenderse, de no perder los nervios, de señalar el error sin ofender a la persona, de mostrar que esa reacción no es propia de él, de comprender lo que hay detrás del insulto, de aceptar al alumno a pesar del insulto, haya o no castigo… Un alumno inseguro o un alumno frustrado, busca seguridad. Y la seguridad la ofrece el adulto equilibrado, no el método. Identificar las emociones puede ayudar al alumno a “identificar las emociones”, creo que a nada más. 

¿Cómo podemos ayudar al alumno a superar la frustración que le ha llevado a proferir el insulto? Creo que la única manera es escuchar mucho y dedicar tiempo. Como he comentado, un profesor hace lo que está en su mano ante estas situaciones y ante estos alumnos. Y, a pesar de las críticas que recibe el colectivo docente, muchos se implican más de lo que corresponde a su labor. Pero un profesor se encuentra con diversos problemas. Por enunciar algunos ejemplos: el profesor no es el principal responsable de la educación del niño. El profesor no es psicólogo, psiquiatra, ni especialista en problemas afectivos. El profesor tiene sus propios problemas, así como familia, amigos o compañeros con situaciones que también pueden ser complejas. Que el trabajo de profesor sea “muy vocacional” no significa que el profesor tenga que hacer suyas todas las batallas.  

¿Tiene el profesor la obligación de implicarse con los problemas personales de cada uno de sus alumnos? Creo que a quienes les corresponde implicarse es a los padres del niño, no al profesor. Un profesor con buena voluntad e implicado en su labor, llega y ayuda hasta donde puede. Pero la respuesta a la pregunta a si es su obligación es clara: no. Lo que me parece mal, como ocurre con frecuencia, es que se pretenda que el profesor solucione todos los problemas del niño. Y, si no lo logra o no lo intenta, entonces se le señala como mal profesor. Y lo peor es que demasiadas veces acabamos convirtiendo al profesor en la causa principal de los problemas del niño, eximiendo a los padres de su responsabilidad como primeros educadores. Creo que lo más inteligente siempre es ayudar a los padres a que se impliquen en la educación de sus hijos. Otra cosa es que los padres se dejen ayudar…

Un profesor puede ayudar mucho a un alumno a todos los niveles. Pero los primeros responsables de la educación del chaval en todas sus dimensiones son sus padres. Y si, por ejemplo, un adolescente de quince años no quiere estudiar o tiene infinidad de problemas personales, la culpa no es del profesor. Cuando el alumno llega a manos del profesor, la historia personal del alumno es larga y compleja. El profesor sólo hace lo que está en su mano para ayudarle a partir de su principal misión, que es enseñar. Hace lo que puede, y suele ser mucho, a pesar de que pocas veces se le reconoce. Por eso me parece tan injusto que los profesores estén en el “punto de mira” de todos los problemas educativos.

La afectividad es importantísima, tanto que es parte integral de nuestro “ser humano”. Si un adolescente adolece de una afectividad frágil, creo que la principal razón es que jamás ha encontrado buenos modelos de conducta o a personas que le tomaran en serio. Y buscará afecto en cualquier sitio. El profesor fácilmente puede ser la persona escogida por el niño. Pero el profesor jamás podrá suplir las carencias del niño por más cariño y entusiasmo que ponga en su labor. Esas carencias suelen encontrarse en el hogar, no en el colegio. La autoestima se forja en el trato con los padres, en la familia, y el colegio es un ámbito educativo secundario, por más horas que el alumno pase allí. Un profesor atento será un “remedio paliativo” o un “antiinflamatorio emocional” para un adolescente problemático, pero no la solución a los problemas afectivos del niño. Como no he dejado de repetir, creo que gran parte de los problemas de la educación se resolverán cuando redescubramos que los padres son los primeros y soberanos educadores de sus hijos.